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Mi madre: geranio, rosa y oído de profeta


Mi madre: geranio, rosa y "oido de profeta"

Como casi siempre que el cielo se vuelve gris, será por "lo tanto" que me gusta, me embarga una actividad febril que suele acabar en mi mini porche: lo dejo impoluto. Ventanas, cristales, mesa y sillas requetefregadas, plantas regadas sin la más mínima salpicadura de tierra. Me cambio de chancletas para no manchar y espero feliz, sin esperarlo, a que caiga el chaparrón de agua y tierra.
Ayer, mira por donde, me sentó casi casi mal... Se ahogarían mis plantas con esa lluvia furiosa y -ay, boba!- esperada? Había comprado un granado (granadito), un aloe de forma estrellada y un geranio. Sí, superado mi horrror infantil por los geranios (seguramente influenciado por lo soso del patio de mi casa frente a aquellos otros, de aquellas otras -muy "otras", ajenas - tias, llenos de palmeras, de claveles, de miles de plantas con colores y olores especiales, de rosales inmensos que parecían cuidarse solos), he recuperado mi amor por ellos, tan humildes y tan fuertes.
No recuerdo en "aquellas otras" el ir y venir de mi madre cargada con sus ficus, con su "oido de profeta" o con las "cintas" heredadas de siglos; "el sol, el sol, les da mucho sol, se achicharrán","llueve a cántaros, quita, quita, deja, ahora hay que meterlas dentro, tú no puedes".
Así, por arte de espalda doblada y crujida, los macetones enormes (nunca los geranios) pasaban de su sitio en el patio, entre sol y sombra, a formar hileras a ambos lados del pasillo. Tampoco eso me gustaba; casi menos que los geranios rosa.
Ahora, en el patio abandonado de mi casa del pueblo, han arraigado plantas nuevas, silvestres o venidas de sabe Dios donde... Pero ahí sigue, en un rincón del arriate, desafiando lluvias, sol de justicia, descuido y olvido, el oido de profeta con hojas de tamaño de selva y flores preciosas que brotan ajenas a mi desidia. Me gustaría -pienso- que mi madre pudiera verlo. Por eso se las llevo, en ramos de una o dos (nunca me gustaron -soy excesiva en todo- los ramos de flores variadas... sí los de una o dos flores iguales o de muchas muchas rosas apiñadas). Las llevo, digo, y las dejo cuidadosamente mientras rezo una oración que casi nunca recé con ella. Miro los nombres, los leo (como si se pudieran olvidar), toco la piedra dejando un rato mi mano en ella y me voy sin mirar atrás. Me gustaría sentir -pocas veces lo consigo- esa pena apaciguada y serena que tanto bien nos hace. Pena de cariños y recuerdos. Pena de abrazos y consuelos. Pena de ausencias y palabras por decir... Me gustaría hablarles, sé que me entenderían; el cielo, para mí, es eso: entenderlo todo para poder perdonar y perdonarnos todo. Hablarles y contarles muchas cosas. Pero no lo logro; pese a las flores colocadas con cariño, pese a sus nombres grabados en la piedra que intento calentar un poco con mis manos, pese a la oración recitada y dedicada, solo me embarga una sensación de vacio. De nada. Me empieza a inquietar la prisa. Me urge salir. Qué hago aquí frente a la nada? Qué sentimiento es este que no se parece al dolor sino al desasosiego?
Miro, ahora a los lados, mientras me dirijo a la salida saludando a las personas que encuentro ("ay, Mamen" dicen algunas queriendo así acompañarme en una pena que suponen compartimos), abrazo intentando consolar a los amigos que lloran su dolor reciente e inmenso... "También somos lo que hemos perdido" reza la lápida de un niño. Ahora, sí, ahora llega el dolor apuñalando. Pero no libera; ni siquiera sé si es mío. La nada me aturde. Salgo.

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