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La niña mala

El silo estaba al lado del cuartel de la guardia civil, un poco lejos de nuestras casas y cerca del cementerio al que nunca llegábamos entonces; nos gustaba ir hasta allí y columpiarnos en la plataforma metálica donde pesaban el grano: hacia delante, hacia detrás, todas a una haciendo fuerza con las piernas, lográbamos un pequeño vaivén que a nosotras nos parecía el mejor de los columpios. Antes de llegar bajábamos por "los roes" (de "Roar", es decir: rodar), pasamanos de las escaleras que subían a  "las casas nuevas", anchos, de piedra, y que hacían las veces de estupendos toboganes. Por fin, tras el improvisado y siempre seguro parque infantil, nos sentábamos a hablar. A todas  nos parecía que las hijas de los guardias civiles y las sobrinas de los curas sabían mucho más que el resto; quizá porque llevaban una vida más itinerante, o quizá, quién sabe, porque ambos, clero y "civiles", entrañaban para nosotras cierto misterio, un más que cierto poder, y cierto respeto muy cercano al miedo . El caso es que las escuchábamos embelesadas y un poco temerosas: había cosas que, con solo escucharlas, te hacían sentir culpable; como aquella vez que Socorrito, la sobrina del cura, nos contó cómo se hacían los niños. Pero eso fue mucho después. Ese día lo que pasó fue que, de nuevo Socorrito, nos intentó chafar la magia de los Reyes Magos y, si bien no lo consiguió del todo, sí nos dejó una fea sensación.
- Son los padres, espetó sin miramientos.
-¡Sí hombre, ja! ¡¿Los padres?!
-Mis padres no me comprarían todo lo que me traen los Reyes.
-Los míos no tienen dinero ¡qué dices!
- ¿Y cuando vi a Baltasar a los pies de mi cama... qué?
Porque yo vi a Baltasar a los pies de mi cama, eso lo mantendré toda la vida. Como hay Dios que lo vi. Lo vi y me sonrió.
-Vosotras mirad bien en los rincones de vuestra casa, ya veréis si hay o no juguetes escondidos...
 La sombra de la duda nos invadía mientras nos mirábamos unas a otras intentando leer en los ojos.
 Y la cigüeña no existe, remató. Esa fue su perdición. Y la mía. Tras el impacto primero, tras el "oh" y las miradas cruzadas entre incrédulas y asustadas, me llegó la revelación: ya ¿y la cigüeña de la torre del campanario? Todas celebraron el golpe certero y se pusieron de mi parte señalándola sin compasión, con muchas risas y no poco alivio: eres una mentirosa, la cigüeña viene siempre, te hemos pillado. Y vienen los Reyes. Bah ¡" mentiiiroooosa", "mentiiiroooosa"! Alguna hasta propuso hacer "espúa" con ella, es decir: no "juntarla" más, pero resolvimos seguir con otros asuntos mientras nos acercábamos al pueblo.
  Que Socorrito me tenía manía era un hecho constatable del que os daré detalles más adelante; tal vez porque acabara de llegar de Madrid, no lo sé, nunca lo supe. En aquellos tiempos, tampoco preguntéis por qué, todo el que venía de fuera traía consigo - quisiera o no- un plus, a saber:  a-un grado más en el escalafón, b- cierta envidia que se traducía en inquina, en pequeñas maldades. Si encima venías de Madrid -¡ de Madrid!- , tenías hermanos y familia allí,  y -colmo de los colmos- esa familia madrileña venía a verte (¿cuántas veces aguantamos la burla de los nombres de mis primos "madrileños"o de la ropa que nos traían?) la inquina se multiplicaba en relación directamente proporcional a la admiración ( mírala, qué fino habla; mírala, la madrileña). Daba igual la causa que te había traído. Daba igual, en mi caso, que mi padre fuera del pueblo. Había que pagar y Socorrito me lo recordaba en forma de desprecios y de alguna patada o tirón de pelo.
Cuando estábamos las dos solas (vivíamos cerca) lanzó su venganza a bocajarro: tu hermano mató a tu hermana. Fue como un golpe seco sobre mi cabeza, sobre mi estómago, sobre la memoria esquiva y silenciada de una niña que no quiere saber. Quise gritarle, pero las palabras se rompían en la garganta como cristales. Eché a correr hacia mi casa , hacia la hermana que me salvaría de nuevo, mientras- apenas un susurro - la insultaba: eres mala y mentirosa. La boca me supo a sangre. Y recordé, sabiendo que no debía recordar, el delantal de costura de mi madre.

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"Cuando de repente, a medianoche, se escuche pasar una comparsa invisible con músicas maravillosas, con vocerío - tu suerte que ya declina, tus obras que fracasaron, los planes de tu vida que resultaron todos ilusiones, no llores inútilmente. Como preparado desde tiempo atrás, como valiente, di adiós a Alejandría que se aleja. Sobre todo no te engañes, no digas que fue un sueño, que se engañó tu oído: no aceptes tales vanas esperanzas. Como preparado desde tiempo atrás, como valiente, como te corresponde a ti que de tal ciudad fuiste digno, acércate resueltamente a la ventana, y escucha con emoción, mas no con los ruegos y lamentos de los cobardes, como último placer los sones, los maravillosos instrumentos del cortejo misterioso, y dile adiós, a la Alejandría que pierdes." C. Cavafis